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La Batalla de los Alporchones posibilitó la construcción de la Colegiata de San Patricio

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La Batalla de los Alporchones posibilitó la construcción de la Colegiata de San Patricio.

La batalla de Los Alporchones fue un enfrentamiento militar ocurrido el 17 de marzo del año 1452 entre las tropas del reino castellano de Murcia, dirigidas por Alonso Fajardo el Bravo, alcaide del castillo de Lorca, y las del reino nazarí de Granada, acaudilladas por Malik ibn al-Abbas, en el contexto de la Reconquista. El encuentro, que tuvo lugar en las cercanías de Lorca, se saldó con una victoria castellana.

Aquella sociedad del umbral de la cristiandad se articulaba en torno a un gran linaje: el de la Casa Fajardo, del que Alonso Fajardo ‘El Bravo’ fue su personaje más controvertido.

En 1452, un nutrido contingente de musulmanes había realizado una cabalgada contra los campos de Cartagena.

Diferentes autores defienden que fueron entre tres y cinco días de ataques, donde además se saquearon los términos de Corvera, El Escobar y Campo-Nules, haciendo suma con todos ellos de unos 40 cautivos y 40.000 cabezas de ganado.

Tras conseguir dicho botín deciden volver a Vera pasando por tierras de Lorca. En el Puntarrón son divisados por los cristianos por escuchas y atalayas y cerca de la falda de las colinas denominadas Rincón de las Aguaderas, a legua y media de Lorca en el denominado campo de Los Alporchones, se encontraron el 17 de marzo de 1452 los dos bandos. Según diferentes autores y las actas capitulares del Concejo de Murcia, los musulmanes contaban con 1200 caballos y en torno a unos 600 peones. Mientras, los cristianos lograron reunir en Lorca 300 jinetes y 2.000 infantes. El ejército cristiano estaba formado por cuatro cuerpos dirigidos por Alonso Fajardo, García Fernández Manrique, el corregidor Diego de Ribera y Alonso de Lisón, el Comendador de Aledo, con las tropas de Lorca, Caravaca, Murcia y Aledo respectivamente.

A su regreso, la hueste lorquina al frente del alcaide de su fortaleza, Alonso Fajardo, derrotaron a los granadinos en las cercanías de la ciudad. Después de este enfrentamiento, los choques armados fueron de pequeño calibre hasta la Reconquista de Granada en 1492.

Antecedentes

La frontera murciano-granadina en la Baja Edad Media, la cual tendrá escasas variaciones territoriales desde 1266 a 1488, separaba el Reino de Granada del Reino de Murcia, una jurisdicción territorial dentro de la Corona de Castilla que se encontraba en la encrucijada de una triple frontera: la Corona de Aragón, el Reino nazarí y la costa mediterránea. Aquí nos centraremos en esa frontera con Granada, en los siglos XIV y XV principalmente, una franja de unos 140 kilómetros de longitud que se prolongaba desde el mar Mediterráneo a Sierra de Segura, que presentaba además una gran profundidad; la tierra de nadie.

Una frontera que, pese a sus sistemas defensivos, no hay que interpretar como una línea de contención, sino como una línea discontinua que no aseguraba una vida plácida y tranquila, posibilitando la entrada de huestes enemigas que dificultaban el rendimiento de las tierras y provocaba la concentración de la población en los principales núcleos urbanos.

En la frontera cristiana destacaban los territorios fronterizos pertenecientes a la Orden de Santiago, con Caravaca a la cabeza, y Lorca, ciudad de realengo situada en la misma frontera encargada de la seguridad y vigilancia del reino como principal e indiscutible base militar avanzada. Mientras, las poblaciones de los Vélez y Vera eran los núcleos de referencia en el otro lado. Además, habría que señalar que mientras el territorio fronterizo granadino estaba ampliamente habitado, el murciano se encontraba muy despoblado, facilitando una mayor penetración de las huestes granadinas.

Una frontera en la que más que destacar los enfrentamientos a campo abierto, dominaba una guerra de desgaste, de pequeñas escaramuzas, con talas y asolamiento de cultivos la denominada guerra chica. Era un medio de vida de suma importancia para ambas sociedades a través de las denominadas cabalgadas: una marcha rápida y directa de caballeros sobre territorio enemigo, siendo acciones tanto ofensivas, devastando al enemigo y obteniendo botín (sobre todo cautivos y cabezas de ganado), como defensivas, con la intención de frenar las acciones enemigas.

Para ello es indispensable el conocimiento del territorio enemigo, poniéndose un alto precio a la cabeza de esos hombres de armas conocedores del terreno que se pasaban al enemigo; los denominados renegados. Por tanto, vemos una retroalimentación de estos ataques a un lado y otro de la frontera que provocaba un gran daño humano y económico, no solo en los territorios que lindaban con la frontera, sino en tierras de retaguardia como el Valle de Ricote o la propia ciudad de Murcia.

Mapa político del Reino de Murcia en la Baja Edad Media.

Esa inseguridad constante provocada por la guerra chica acabó definiendo una sociedad fronteriza que ya venía marcada por este carácter desde la conquista castellana a mediados del siglo XIII. Con los diferentes programas de repoblación cristiana se trató de conseguir una mejor defensa del Reino de Murcia, formándose una sociedad de frontera en la que surgieron toda una serie de oficios e instituciones vinculadas a este estado de guerra latente, como ballesteros de monte, fieles de rastro, atalayeros, vigías, almocadenes, espías, alfaqueques, alcaldes entre moros y cristianos, etc. Aquí habría que destacar especialmente la figura del Adelantado Mayor del Reino, cargo que gozaba de grandes atribuciones jurídicas, militares y civiles por el poder delegado del rey en su figura, que caerá en manos de familias nobiliarias con amplios territorios señoriales en esta jurisdicción.

El sultán Muhammed IX, el enemigo a batir.

Tras recuperar el trono de Granada de manos de su tío Muhammed el Cojo en 1447, el sultán Muhammed IX continuó su política belicista respecto a la Corona de Castilla. Su predecesor había recuperado algunas plazas arrebatadas en la frontera con el Reino de Murcia, y antes de él las razias granadinas ya causaban el terror en las poblaciones cristianas de aquel reino, aprovechando que la gobernante Casa de Fajardo estaba enzarzada en disputas familiares. Una de estas incursiones llevó al saqueo y toma de cautivos de la población de Cieza, y a la victoria musulmana en la batalla de Hellín, ambos sucesos en 1448.

Grabado siglo XIV

El acoso nazarí obligó al rey Juan II de Castilla a pedir una tregua en 1450 para poder concentrarse en su lucha contra el Marqués de Villena. Sin embargo, el sultán no quería desaprovechar la ocasión de hostigar a los desunidos castellanos y al año siguiente desató una nueva incursión fructífera en botín. Entre 1451 y 1452 se preparó una algara contra el Campo de Cartagena, en la que se apoderaron con 40 000 cabezas de ganado y tomaron presas a 40 personas, la mayoría pastores.

En esta ocasión, los cristianos dejaron de lado sus querellas internas para hacer frente a los musulmanes. El alcaide de Lorca Alonso Fajardo, llamado «el Bravo», mandó heraldos a varias poblaciones del reino con intención de recabar apoyos, y a su llamada acudieron mesnadas de Aledo, Caravaca de la Cruz y Murcia, sumando en total 300 caballeros y sobre 2000 infantes. El ejército de Fajardo aguardó en el campo lorquino de Los Alporchones, a sabiendas de que los granadinos iban a pasar por allí en su regreso al reino nazarí.​

Descripción: Cuadro que representa una escena de batalla con fondo montañoso.
Autor: Miguel Muñoz de Córdoba (Antequera, 1668 – Lorca, 1725).
Título: A116-Batalla de Los Alporchones
Medidas: 310 x 250 cms.
Técnica: Óleo sobre lienzo.
Fecha Realización: 1722-1723.
Ubicado en la Sala de Cabildos del Excmo. Ayuntamiento de Lorca (Plaza de España) desde abril de 1994.

La batalla

El 17 de marzo de 1452 llegaron por fin los moros y se entabló el combate. El ataque castellano por sorpresa les otorgó la ventaja inicial, si bien el caudillo de los de Granada, Malik ibn al-Abbas (castellanizado Alabez) destacó por su valor y rehizo por dos veces sus líneas. Las crónicas cuentan que el alcaide, dándose cuenta de que la batalla podía decidirse en un duelo singular con el capitán enemigo, luchó contra él hasta que consiguió derribarle de su corcel y tomarlo prisionero.​

La captura de su capitán quebró el ánimo de los musulmanes, y la persecución de estos por los cristianos llegó hasta Vera (provincia de Almería), sobreviviendo 300. Mientras que las bajas granadinas fueron altas y 400 soldados fueron capturados, los de Fajardo sufrieron 40 muertos y más de 200 heridos.​

CONSECUENCIAS DE LA GUERRA

La batalla tuvo grandes consecuencias para el Reino de Murcia: puso fin a las dañinas incursiones de saqueo, pues los musulmanes pidieron una tregua de cinco años y en futuros conflictos permanecerían en su territorio hasta la Guerra de Granada; acrecentó el prestigio de Lorca y en particular de la Casa de Fajardo, germen de la influyente Casa de los Vélez; y en homenaje a San Patricio, cuya onomástica se celebra el 17 de marzo, día de la batalla, se le declaró santo patrón de la ciudad de Murcia y se le levantó una iglesia en Lorca sobre la que en 1533 se situaría la Colegiata de San Patricio tras la concesión del Papa Clemente VII en conmemoración de aquel victorioso día.

Malik ibn al-Abbas fue ejecutado por sus captores mientras que su vencedor, Alonso Fajardo el Bravo, acabaría siendo asesinado cuando luchaba en Caravaca de la Cruz contra los hombres del adelantado mayor Pedro Fajardo Quesada, su primo y representante en el reino de Enrique IV de Castilla.

El avance de la frontera hacia Occidente generó una coyuntura económica abierta, que posibilitó un auge de la ganadería lorquina, llegando a formarse una asociación de ganaderos dirigida por los más poderosos integrantes de las principales familias de Lorca: la Mesta.