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EL TRANSMISERIANO, DE LORCA A BARCELONA. Por Antonio de Cayetano

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EL TRANSMISERIANO, DE LORCA A BARCELONA. Por Antonio de Cayetano

Mañana 12 de octubre es el día de la Fiesta Nacional de España, una fecha que este año tiene un significado especial por los motivos que todos conocemos, convirtiéndose la bandera nacional en la protagonista indiscutible de esta jornada. De hecho en las últimas semanas, se ha cuadruplicado la venta de banderas españolas, una bandera que hasta ahora solo se adquiría esporádicamente con motivo de alguna competición deportiva de carácter internacional, exhibiéndose entonces para animar al equipo o para celebrar sus éxitos. Porque aquí no pasa lo que en otros países, donde la gente se siente orgullosa de su bandera y esta está siempre presente en cualquier acontecimiento por pequeño que este sea.

Pero afortunadamente la cosa va cambiando y el sentir va siendo otro, alejándose ya de cualquier ideología con la que se solía identificar y simbolizando con más fuerza nuestra nacionalidad. Hoy son muchos los balcones y fotos de perfil, donde la enseña nacional está presente, pues las pretensiones separatistas de Cataluña han hecho que más que nunca presumamos de ella, de ser nuestra identificación colectiva, la que representa nuestra nación y a todos los españoles, sean de una región u otra, tengan una identidad propia o un idioma diferente, pues todos formamos parte de un mismo estado. Pero mientras la tendencia es ir a la globalización en todos los aspectos, ya sean culturales, económicos, políticos o sociales, tratando siempre de unir, de tender puentes. Quienes gobiernan Cataluña lo que quieren es desunir, poner muros, independizarse de nuestro país y romper la unidad de España.

Es legitimo que cada pueblo decida su futuro, y que democráticamente determine lo que crea que más le conviene, pero siempre por el camino permitido, por la vía de la legalidad, no vulnerando la Ley y desoyendo a los tribunales, improvisando un referéndum que va en contra de la constitución que todos hemos votado y sin las mínimas garantías. No cabe duda que la independencia les puede suponer un cambio, pero no necesariamente a mejor, a un mayor progreso, también les puede ir a peor, pues ya estamos viendo la corrupción de sus políticos y su insostenible deuda pública. Así como la forma en que se ha engañado al pueblo catalán, diciéndoles que España les roba y otras muchas falsedades que disfrazan la realidad. Consiguiendo que se vea al Estado como un enemigo, como un adversario al que hay que eliminar de Cataluña, dividiendo a la sociedad catalana y promoviendo un descontento que provoca el rechazo a todo lo español. Un odio que se manifiesta en forma de coacciones, asedio y disputas como las vividas en estos días, donde se ataca a los medios de información que no son afines, a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y a todo cuanto se interponga en su afán independentista.

Han cogido el camino equivocado, un camino sin salida que dificulta la marcha atrás. Creando un clima pre-revolucionario en la población y encendiendo una mecha que no sabemos dónde acabará, pues la temperatura ha subido a límites inimaginables. También han provocando la fuga de miles de empresas, empresas que llevan ya años huyendo de la pretendida secesión, trasladando su sede social fuera de Cataluña. Un éxodo que se ha disparado en los últimos días y que no solo se puede quedar ahí, en el domicilio social o fiscal, sino que también les puede seguir el traslado de sus centros logísticos y de trabajo, por lo que esta comunidad perdería buena parte de su población. Cosa que ya ha sucedido en el último año, pues según los flujos de migración interna que publica el Instituto Nacional de Estadística, mientras que la Comunidad de Madrid, País Vasco o Islas Baleares encabezan las regiones donde más han subido los residentes procedentes de otros puntos de España, en Cataluña sucede todo lo contrario, estando entre las que más pierden, dejando ya de ser una región atractiva para el resto de los españoles.

Una situación muy distinta a cuando se proclamó el Estado Catalán el 6 de octubre de1934, una separación que solo duró 10 horas y terminó con la detención de Lluís Companys y todo su gobierno, aparte del alcalde de Barcelona y algunos concejales. Causando también esa cabezonería, la muerte de 46 ciudadanos, pues a consecuencia de aquella rebelión murieron treinta y ocho civiles y ocho militares. Entonces Cataluña era la región más deseada de España, un lugar donde había trabajo y donde se asentaba todo aquel que huía de la miseria y la hambruna de otras regiones. Pero también en aquellos años, había odio a todo lo español y muy especialmente a la inmigración que les llegaba de esta parte de la península. En los medios catalanistas de entonces, se escribía que “Llegará el día en el que Cataluña tenga comisarias propias con policía propia, tribunales propios con jueces propios… y hospitales propios sin enfermos propios”. Esto último referido a los inmigrantes murcianos que había en Barcelona y que en una gran parte padecían la enfermedad del tracoma. Una enfermedad surgida de la pobreza, una infección ocular producida por la falta de higiene, que era muy contagiosa y que llegaba a producir ceguera. Por lo que se añadía que, “A cada lengua su pueblo, a cada pueblo su nación y a cada nación sus enfermos”.

A los lorquinos y a los murcianos en general, no nos querían, nos tachaban de rebaño, de gente que llegaba en bandadas a pasear la miseria por sus calles. Nos llamaban los “ojos malos”, diciendo que éramos portadores de graves enfermedades que se transmitían con facilidad, haciendo que sus hospitales se llenasen, con el riesgo de tenerse que quedar fuera los enfermos catalanes. Que los murcianos éramos una raza primitiva de África, unos fornicadores, unos catetos, analfabetos y comunistas. Unos sucios que estábamos creando problemas sanitarios y sociales, que le robábamos el pan de sus hijos, pues lo primero que hacíamos cuando llegábamos era preguntar por la beneficencia, convirtiendo a Barcelona en un asilo para pobres. También se nos culpaba de dejar sin trabajo a los suyos, ya que nos empleábamos en cualquier oficio por un jornal mucho más bajo que el de ellos. Un racismo o xenofobia que en menor medida, se repite lamentablemente hoy aquí, al invertirse la situación y ser nuestra tierra ahora la receptora de inmigrantes.

Aquella era una época en que nos azotaba la sequia y por consiguiente la miseria, con una higiene y alimentación precaria, viéndonos obligados a abandonar nuestra tierra por pura subsistencia, siendo Cataluña y especialmente Barcelona el punto de destino de la mayor parte de la emigración lorquina. Emigración que entonces era la 3ª parte de toda la murciana, cuando tan solo contábamos con el 10% de la población regional, siendo Lorca el municipio de España de donde salieron más emigrantes para Barcelona en los años veinte del pasado siglo. Por eso se explica la caída del casi el 20% que tuvo la tasa demográfica de nuestro municipio en aquella década, bajando el censo desde los 75.802 habitantes que había en 1920, hasta los 61.392 de 1930. El traslado a Barcelona se hacía en unos autocares que partían de Lorca cuando se juntaba la suficiente gente para rentabilizar el viaje, normalmente una vez a la semana. Un viaje que organizaban de forma clandestina Los Nanos, dos hermanos de Alcantarilla que poseían una pequeña flota de estos vehículos, partiendo también otro autocar desde Murcia capital.

El viaje costaba 200 pesetas por persona y equipaje, dinero que generalmente les era prestado por familiares o amigos con la pretensión de devolverlo luego una vez tuviesen un trabajo y un salario en condiciones. En Lorca se daban cita los viajeros de nuestro municipio y también los procedentes de otros pueblos de nuestra comarca y de las vecinas provincias de Almería y Granada. Adentrándose luego el autocar en el Valle de Ricote, donde recogía también algunos viajeros de aquellas localidades. El viaje duraba entre 28 y 30 horas, pues había que hacer varias paradas “técnicas” y otras obligadas por las circunstancias, ya que como se viajaba sin licencia ni concesión alguna, cuando se avistaba un control de carretera había que parar y apear de prisa a los viajeros, viajeros que se escondían en medio del campo hasta que la cosa se arreglase, normalmente con algún regalo por parte de los choferes a los agentes de la autoridad, que tras darse un apretón de manos se despedían con una sonrisa hasta la siguiente ocasión. Pura mafia de unos años de ruina, donde los choferes también se buscaban la vida, aprovechando las paradas que hacían durante el viaje para vender canarios a dos duros la pieza.

Un viaje en el que nuestros paisanos iban acompañados de todo cuanto poseían y que se podía transportar en aquellas maletas de cartón o madera, pero también de algún conejo, pollo o animal de compañía que iba entre el pasaje. El destino de toda esta gente que se vio obligada a abandonar su tierra, era principalmente el barrio de La Torrassa en Hospitalet, un barrio al que los catalanes le llamaban la “Nueva Murcia” y los murcianos la “Murcia Chica”, pues de las 24.000 personas que allí mal vivían, 20.000 eran de nuestra región. Dicen las crónicas de los periódicos catalanistas de entonces, que era un barrio colmado de basura y con unas chabolas o tugurios que solo podían soportar los inmigrantes, construidas a base de cartón, chapas y maderas. Un barrio por donde decían, deambulaban dos clases de seres, los cerdos con sus lechones por un lado y los mozuelos murcianos que solo sabían delinquir por otro, afirmando que los gallineros estaban vacios por culpa de nuestros paisanos que robaban las aves de corral, por lo que había que repatriarlos ya, al ser mucha la inmigración y no poderse controlar, estando de boca en boca la infame expresión “Ni judíos ni gitanos, los peores los murcianos”.

Tan altos estaban de nosotros, que se propuso en el Parlamento Catalán hacer una ley para que no trabajase ningún forastero mientras hubiese un solo catalán sin empleo, creándose bolsas de trabajo en los diferentes ayuntamientos. De esta forma se decía, se impondría la repatriación voluntaria a Murcia y se conservaría de esta forma la raza catalana. Igualmente se propuso un carnet de tracomatoso, pues se afirmaba que miles de murcianos deambulaban a sus anchas por Barcelona, siendo portadores de una enfermedad “más contagiosa que la lepra”. Hechos que motivaron la queja de nuestros compatriotas, que ya desde 1.929 se habían organizado con la creación de la Casa Regional de Murcia y Albacete (la primera que se fundó), convocando esta asociación una asamblea en el cine Alhambra el día 19 de febrero de 1.933 para tratar del continuo desprecio a que se nos sometía, cuando el colectivo murciano solo trataba de ganarse el sustento a cambio de su trabajo. Una mano de obra que agradaba a la patronal, pues se cobraba poco y trabajaban mucho, siendo mayoritariamente murcianos (camisas blancas), los que trabajaron en la línea uno del metro de Barcelona y en la Exposición Universal de 1.929.

Por cierto que, lo de la catalana, el “pan tumaca” que los catalanes tienen como propio, parece ser que viene de aquellos años veinte cuando los trabajadores murcianos construían la línea roja del metro. Pues se cuenta que junto a las vías, plantaron tomateras con semillas llevadas de nuestra región, recogiendo luego su fruto que restregaban sobre su pan duro, con el solo fin de ablandarlo para podérselo comer. Pero a los catalanes les cabrea oír esto, pues ellos mantienen que el pan tumaca lo implantaron sus payeses en el siglo XIX. Venga de donde venga, lo cierto es que está bien bueno y les vendría muy bien a nuestros paisanos para reponer energías. Lo que no le venía tan bien, eran las crónicas humillantes que en el semanario El Mirador escribía un joven periodista y catalanista, el cual se hizo pasar por “lorquino sin papeles”, e hizo el viaje desde Lorca a Barcelona en uno de aquellos autocares atestados de personas y enseres que viajaban a Cataluña. Autocar que él mismo bautizó como “El Transmiseriano”, nombre por el que también fue conocido después, el tren que comunicaba Andalucía con Cataluña y que igualmente fue utilizado por los emigrantes en la posguerra.

El firmante de los nueve reportajes que se publicaron en 1932 en el citado semanario, era el periodista Carles Sentís, un joven de 21 años que en aquellos años iniciaba su carrera y que gracias a estas publicaciones se abrió paso no solo como periodista, sino también como político. Contaba en sus crónicas, que cuando llegó a Murcia capital y preguntó por el camino hacia Lorca, el buen hombre que le atendió, le contestó que si es que acaso quería llorar, porque en Lorca solo encontraría desolación. Y eso es lo que describió de nuestro municipio, sorprendiéndose de la gran diferencia que había con el de la capital. Igualmente le llamó la atención la monotonía de nuestra tierra, la enfermedad de los ojos y que todos los que pretendían emprender el viaje, tenían ya algún pariente en Barcelona. En sus crónicas decía que los naturales de estas tierras iban a Lorca antes de emigrar, reuniéndose como las golondrinas antes de partir para la invernada, repasando luego los pueblos de Almería y Murcia de donde procedían cada uno de los emigrantes que componían aquella expedición.

De Zarzadilla de Totana, que lógicamente la situaba en el municipio vecino, decía que “es el pueblo de España en el que hay más idiotas en proporción”. También apuntaba que en estos viajes iban para Barcelona mujeres de la vida y niños, los cuales serian más tarde carne de reformatorio en Cataluña. Escribía que el viaje lo compartió con 28 pasajeros, 23 palomas, 2 gallos, un perro y un pollo que iba saltando de un asiento a otro. Además de una cama desmontable y colchones enrollados donde se escondían los más variados enseres, esto último en la baca del vehículo a la que se accedía a través de una escalera lateral. Fueron muchos los insultos que recibimos los murcianos de este periodista, que luego llegó a ser diputado de la UCD con Adolfo Suarez, pero quizá el más ofensivo, que éramos “una raza inmunda que merece la eugenesia”. Pero no solo era está publicación catalanista la que nos despreciaba, también hubo otras, como la satírica El Be Negre (El Cordero Negro), donde se nos ridiculizaba a través de sus viñetas, como la de la imagen que acompaño y que se publicó en noviembre de 1933.

Tras el golpe de estado de 1936, el periodista Carlos Sentís ocupó altos destinos en el régimen franquista, viéndose así favorecida la burguesía catalana. Pero lo mejor les vino después de la guerra civil, con la gran reindustrialización que se llevó a cabo en detrimento de otras regiones que tenían el mismo derecho a ser beneficiadas. A Franco no se le ocurrió otra cosa mejor para acallar los posibles movimientos nacionalistas o separatistas de Cataluña y País Vasco, que llevarse todas las inversiones a estas dos regiones, empobreciendo más todavía al resto de España. Por lo que de nuevo, con una mano delante y otra detrás, tuvieron que marchar nuestros paisanos a Cataluña en busca de una vida mejor, convirtiéndose una vez más en mano de obra barata para aquella industria emergente, y como allí había verde, pues allí se asentó la langosta que es lo que se dice por aquí. Lo que no previó el “generalísimo”, es que toda esta gente que procedía de la España pobre, iba a ser aleccionada y adoctrinada para que se convirtiera a la causa catalanista.

Porque de otra forma no se entiende, que siendo fruto de la inmigración más del 60% de los catalanes de hoy, sea el territorio más independentista, siendo los cabecillas de este separatismo la segunda y tercera generación de los inmigrantes que echaron raíces allí, destacando los almerienses y los murcianos como los más nacionalistas, más incluso que los propios catalanes. Lo que no deja de ser un insulto para la tierra de donde proceden, tierra que por otra parte, fue repoblada tras la reconquista, por gentes venidas del reino de Aragón, reino que en aquellos tiempos comprendía también Baleares, Cataluña y Valencia. Así que si los aragoneses poblaron Murcia, algo de sus genes llevaremos y algo deberíamos de importarles a los catalanistas. Y lo digo por un artículo que se publicó en el diario Avui (hoy) el 13 de mayo de 2011. En ese artículo firmado por Alfred Bosch, se decía que no se debería de haber detenido en Cataluña la campaña de las municipales por el solo hecho de que hubiese sucedido un terremoto en Lorca (campaña que se suspendió en todo el país).

Claro que el escritor que eso firmaba, era entonces el portavoz de la Plataforma Organizadora del Referéndum Independentista, así como el director del Centro de Estudios de Temas Contemporáneos de la Generalidad de Cataluña y por lo tanto, muy catalanista, que es lo mismo que decir, contrario a todo lo español. Por lo que Lorca debería de ser su enemiga, no mereciendo por ello solidaridad alguna nuestras nueve víctimas. El ayuntamiento de Barcelona y la Generalidad sí que convocaron un minuto de silencio a las doce del medio día en la plaza de San Jaime, mostrando así públicamente su solidaridad con el pueblo de Lorca. También la mayoría de los medios catalanes se solidarizaron con nosotros y estuvieron siguiendo lo que ocurría en nuestra ciudad tras los terremotos, tal como lo hacían el resto de medios nacionales.

Cosa que también molestó a ciertos catalanistas, ya que la periodista Astrid Bierge, publicaba un artículo en El Singular Digital el 16 de mayo de aquel año, en el que mostraba su extrañeza de que los medios catalanes se comportaran como si fuesen españoles. No entendía el tratamiento dado a los terremotos de Lorca, pues decía que el suceso había pasado en España y no allí en Cataluña, poniendo el ejemplo de Portugal que apenas se había hecho eco de la noticia. De nuevo el desprecio a Lorca y a nuestro sufrimiento por parte de algunos catalanistas, gente insolidaria y miserable, que solo tiene un objetivo, su inalcanzable separatismo y su odio a todo lo que huela a España. Cuando Lorca ha sido el municipio que más inmigrantes ha aportado a Barcelona, contribuyendo de alguna manera a la creación de su riqueza y levantando la Cataluña de hoy.

Pero no solo desprecian y se burlan de los de fuera, también lo hacen con los suyos, como se vio ayer en su parlamento. Ya no solo se saltan la legalidad del Estado, también sus propias leyes, jugando con los sentimientos de unos y de otros, con el sí pero no. Lo que nos hace pensar que su separatismo sea solo una falsa, que se utiliza para chantajear al Estado, para obtener más dinero y más autonomía. Siendo siempre ellos los que nos roban al resto de autonomías con sus privilegios y concesiones. Al final no se han atrevido con la declaración unilateral de independencia, aunque nos dejan con la incertidumbre. Han ido improvisando sobre la marcha, han ido incumpliendo sus propios plazos y han terminado por suspender algo que no existía, que no habían aprobado previamente.

Han parado las maquinas, se han dado cuenta de su sin razón, de las consecuencias de sus actos, del rechazo de Europa y de la descolonización de sus bancos y empresas. Ahora llegará el dialogo, quizá la mediación, y lograrán lo que siempre han conseguido, imponer más financiación y más inversiones para su comunidad. Pero no solo la obtienen los catalanes, también los vascos y los navarros, que legislatura tras legislatura han ido consiguiendo más para su región, siempre bajo la presión del nacionalismo o sus derechos históricos, sabedores de que sus votos son siempre necesarios para la estabilidad parlamentaria, para mantener al gobierno de turno sea del color que sea. Si hace unos meses el gobierno vasco arrancó 1.400 millones de euros al Estado con la cosa de los cupos, ahora será el catalán el que saque tajada, el que reciba su “premio” por el falso referéndum y por desprestigiar la imagen de España.

Ya está bien de poner el cazo, es inconcebible que en pleno siglo XXI se hable todavía de derechos históricos en nuestro país. Es como si la nobleza siguiera aún hoy sin pagar impuestos, carga que entonces soportaban los villanos o aldeanos. Que es lo que somos en la actualidad las autonomías de segunda, cuando todas teníamos que tener un mismo estatuto, con los mismos deberes y los mismos derechos, con el mismo régimen fiscal y el mismo tipo de financiación, sin privilegios de unos sobre los otros. Ya pasó la época de los nobles y los hidalgos, de los súbditos y los vasallos.