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LA FÁBRICA DE LA LUZ por Antonio de Cayetano

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LA FÁBRICA DE LA LUZ por Antonio de Cayetano

Hoy es la víspera de la festividad de San Clemente, el santo que los lorquinos tenemos como patrón y en torno al cual giran las fiestas de musulmanes, judíos y cristianos. Siendo esta celebración la que propicia cada año, la colocación del alumbrado extraordinario en la avenida Juan Carlos I, una iluminación que tras unos mínimos retoques sirve luego para las fiestas navideñas. Pero este año, la principal arteria de Lorca no está para celebraciones, pasando el testigo al eje de Lope Gisbert, lugar por donde el pasado sábado desfiló el gran cortejo de la historia medieval de Lorca. Así mientras otras calles y plazas viven el ambiente festero, la avenida está vacía, sola, triste y apagada. Aunque con la esperanza puesta en el día que acaben sus obras, o en la tregua de la cercana Navidad, donde tiene que permanecer al menos, completamente iluminada, volviendo a brillar sus negocios, su comercio y sus gentes, debiendo de ser su luz, motivo de atracción y seducción para los lorquinos y visitantes. Porque la luz eléctrica no solo atrae a los insectos, también los humanos nos sentimos atraídos por ella, siendo un invento que en su día revolucionó al mundo y del cual ya no podemos prescindir.

Una energía que si no la quitasen ahora, nos haría retroceder a la misma Edad Media, a la época que recrean las fiestas que en estos días disfrutamos. Un invento que logró la prolongación del día, iluminando calles y plazas primero y los hogares después, ya que los espacios públicos que hasta entonces se alumbraban con faroles de aceite o gas, fueron los que inicialmente hicieron uso de la electricidad. Porque aún siendo costosa la inversión a realizar, pronto se compensaba su gasto al prescindir de la figura de los faroleros, que eran las personas que se encargaban cada noche de encender los faroles y de mantenerlos en buen estado. Al tiempo que se dejaba de pagar gas y petróleo que era en aquel tiempo el combustible que se utilizaba para este menester, un combustible costoso, como costoso era también el mantenimiento de aquellos faroles. Por eso en 1.886, Lorca fue una de las primeras ciudades que se interesó por sustituir el alumbrado de gas por el eléctrico, aunque por diversos motivos la cosa se fue retrasando, teniendo que esperar hasta 1.898 para que se iniciaran las obras de la primera “fábrica de la luz” de nuestra ciudad, comenzando su construcción un día como hoy 22 de noviembre.

Sir Joseph Wilson Swan

Si la llegada del ferrocarril a Lorca se hizo esperar, haciéndolo dos décadas después que a Murcia capital, el otro gran invento del siglo XIX sí que nos llegó con prontitud, inaugurándose el nuevo alumbrado público el 23 de junio de 1.900, solo 20 años después de sus inicios en Inglaterra y Estados Unidos, ya que en los dos países comenzó de forma simultánea. Si bien la invención de la bombilla se le atribuye a Thomas Alva Edison, el inventor más prolífico de la historia, el cual obtuvo hasta 1.093 patentes. Lo cierto es que el inglés Joseph Wilson Swan se le adelantó un año, pues en 1.879 patentó en Reino Unido la primera lámpara incandescente, que es la que se ha venido utilizando prácticamente hasta nuestros días. Aunque también es verdad que fue Edison quien la perfeccionó, consiguiendo que la bombilla tuviese una duración de hasta 1.500 horas encendida, patentándola en Estados Unidos y poniéndola seguidamente en producción. Una patente que fue comprada por varios industriales que se dedicaron a su fabricación, aumentando considerablemente la duración de las bombillas, haciéndolas con tan gruesos filamentos que duraban toda una eternidad.

Pero cuando se dieron cuenta de que eso le restaría beneficios, estos empresarios pactaron reducir conscientemente su duración, bajando su vida útil a tan solo 1.000 horas. Esta decisión se tomó tres décadas después de que la electricidad se extendiera por las principales ciudades de Europa y Norteamérica, convirtiendo entonces las bombillas en el primer objeto de consumo. Un exceso de consumo que se podría haber evitado si estas prácticas se hubiesen prohibido, porque es incomprensible que mientras las bombillas de hoy siguen manteniendo una corta vida, continúen todavía alumbrando las fabricadas hace más de un siglo. Como es el caso de la instalada en 1.901 en las cocheras del parque de bomberos de Livermore, una ciudad del condado de Alameda, en el estado estadounidense de California. Una bombilla de 60 vatios y filamentos de carbono que permanece encendida las 24 horas del día, apareciendo por este motivo en el libro Guinness de los Records. Pero no solo existe esta lámpara como ejemplo de la obsolescencia programada que viene ya de aquel tiempo, sino que hay más de aquellos primeros años que siguen todavía funcionando, alguna también en un parque de bomberos de aquel país.

Igual pasó años después con las medias de nailon, unas medias irrompibles que fueron todo un éxito, pero que hizo que disminuyeran las ventas de esta femenina prenda después, volviendo de nuevo a fabricarse con el anterior componente. Y es que el negocio es el negocio, siendo la necesidad de consumo su fin lucrativo. Lo mismo pasa ahora con impresoras, móviles, televisores y otros electrodomésticos, que tienen una vida útil planificada de antemano, una estrategia comercial que habría que ponerle freno. Pero como a quién beneficia es a los grandes, poco le preocupa al legislador que se compre, se tire y se vuelva a comprar, con los problemas medioambientales que ello implica. Lo mismo sucede con “las fabricas de luz” que más de uno podíamos tener en nuestro tejado, pero nuestros intereses chocan con los de los grandes inversores, con los de los propietarios de las empresas eléctricas que vieron en la luz el negocio más rentable, sobretodo en España, que es uno de los países europeos donde se paga el recibo de la luz más caro.

Una energía que comenzó a producirse de forma comercial el 4 de septiembre de 1.882, que fue cuando se puso en marcha la primera central eléctrica del mundo en la isla de Manhattan de la ciudad de Nueva York. Una central puesta en marcha por Thomas Edison, a la que se le equipó con un generador eléctrico de corriente continua alimentado con carbón, capaz de producir electricidad para 400 lámparas y siendo 82 los clientes que en un principio se abonaron a ella. Aunque ya desde 1.880 funcionaba otra “fábrica de la luz” en Inglaterra, pero ésta en plan particular, solo para alumbrar una mansión campestre. Así fue como llegaron también los primeros generadores a nuestra región, sirviendo electricidad para unos cuantos hogares de la capital que ya la disfrutaron en el año 1.891, pero sin embargo a los espacios públicos no llegó hasta 1.899 y solo con motivo de las fiestas de Carnaval, iluminándose las céntricas calles de Platería y Trapería. También el jardín del Malecón fue alumbrado con esta nueva energía algunas noches de verano, siendo ya a partir de 1.905 cuando su uso comenzó a extenderse por diversas calles de la capital.

En Lorca lo había hecho en junio de 1.900, siendo la víspera de San Juan cuando se encendió por primera vez el nuevo alumbrado público, celebrándose el acontecimiento con un banquete en el Teatro Guerra. Alumbrado que abarcaba varias calles y plazas del centro, manteniéndose encendido hasta media hora antes de la salía del sol, siendo 525 las farolas alimentadas con electricidad que en un principio se colocaron, llegando hasta las 906 en 1.903, lo que hacía de Lorca una de las ciudades mejor iluminadas en aquellos años, al tiempo que garantizaba la seguridad por las noches. Aunque también es verdad que los barrios de San Cristóbal y Santa Quiteria tuvieron que esperar hasta 1.909 para que sus calles se vieran favorecidas por el nuevo alumbrado.

La fábrica de la luz como entonces se conocía, se situó en la alameda de Menchirón, en el gran solar que hoy ocupa el aparcamiento público de PONCEMAR, una zona que entonces era el ensanche de la ciudad, levantándose dos naves gemelas y adosadas, construidas a base de mampostería y ladrillo y con tejados a dos aguas, destinándose una de las naves a calderas y la otra a sala de maquinas. La actividad se inició con tres maquinas de vapor que accionaban tres dinamos de corriente continua de 100 cv. cada uno, potencia que pronto se quedó corta y hubo que aumentar, añadiendo años después la gran chimenea que aún hoy se conserva en el lugar. También decir que la primera empresa concesionaria fue la Sociedad General de Centrales Eléctricas, una empresa bilbaína que contaba con otras 17 centrales en nuestro país. Aunque años más tarde comenzó a desprenderse de la mayor parte de ellas, quedándose solo con tres, la de Lorca, la del municipio del Escorial en Madrid y la de Marchena en Sevilla, cambiando el nombre de la anterior sociedad por el de LORESMAR, nombre que deriva de las tres únicas localidades donde tenía factorías.

Pero también traspasó después la concesión de Lorca, haciéndolo a favor de la Sociedad Electra de Lorca, una sociedad constituida entonces para seguir con esa actividad. Una empresa que pronto cambió de patrón, al ser comprada en 1.915 por Joaquín Arteaga, duque del Infantado, que también era dueño del pantano de Puentes. Siendo la intención del nuevo propietario, aprovechar el salto de agua del embalse para producir energía eléctrica, abasteciendo con ella a la central lorquina que acababa de adquirir, pero a pesar de colocar a pie de presa una turbina que accionaba un alternador de 100 K.V.A, la escasez de lluvias hizo que su idea no tuviese el éxito esperado. También lo intento en el rio Luchena, solicitando en 1.925 la concesión de un salto de agua, pero tampoco fue factible, estando ya Lorca industrializándose y habiendo más demanda de energía que producción de la misma.

Es por ello por lo que varios industriales lorquinos, sabedores de esta necesidad se lanzaron a la aventura eléctrica, instalando pequeñas “fabricas de luz” en nuestro municipio. Así Eloy Puche Felices, instaló tres dinamos accionados por motores de gas en la calle de Musso Valiente; Antonio Martínez López hizo lo propio en el barrio de San Cristóbal; Vicente Olcina Franco en Sutullena y José Molina Martínez en Puerto Lumbreras, dotando así de nuevas líneas de corriente eléctrica a los diferentes lugares donde estaban emplazadas estas instalaciones. También Bienvenida Martínez Mora instaló otra pequeña central en la alameda del Espartero (hoy Juan Carlos I), pero esta a modo particular, con el solo fin de abastecer de electricidad a su negocio de espectáculos.

Ya en el año 1.930, la sociedad Electra de Lorca cambió de nuevo de dueño, siendo adquirida por Juan Antonio Martínez Méndez, que la arrendó a Antonio Martínez López, quien instaló nuevos motores. También la pequeña empresa eléctrica del centro de la ciudad, la de Eloy Puche, fue adquirida 20 años después por Eléctrica del Segura, empresa que comenzó a extender sus redes por los mismos emplazamientos que la Electra de Lorca, creándose conflictos entre empresas y abonados. Incidentes que terminaron en 1.954 una vez que ambas empresas fueron adquiridas por la sociedad malagueña el Chorro, volviendo la normalidad al tiempo que se mejoraban los servicios y se ampliaba la red, pero siendo todavía esta inferior a la demanda que había. El chorro se integró en los años sesenta en la Compañía Sevillana de Electricidad, pero antes se había desprendido de la central de Lorca, pasando esta a Hidroeléctrica Española que era entonces la líder en el sector de la electricidad en España, instalando una subestación en las afueras de la población dirección a Granada. En el lado opuesto, en dirección a Murcia, también tenía adquirido un gran solar Sevillana de Electricidad para la instalación de otra subestación, pero este gran espacio conocido como eras de Churra acabó siendo urbanizado como zona residencial, utilizándose entre tanto para ubicar los grandes circos que nos visitaron en la segunda mitad del pasado siglo.

En cuanto a las viejas naves de la fábrica de la luz de la alameda de Menchirón, estas volvieron de nuevo a la familia que las había adquirido en 1.930, ya que en 1.959 se hizo cargo de de las instalaciones Francisco Martínez Ponce, el menor de los tres hijos de Juan Antonio Martínez, un gran lorquino y hombre de negocios que estaba haciendo fortuna lejos de su tierra, arrendando estas naves a otro lorquino emigrado, a Miguel Molina Hidalgo un catalán de acogida, que montó en 1.963 una fábrica de tejidos. Fabrica que estuvo allí funcionando hasta 1.980 que trasladó sus instalaciones al camino viejo del Puerto, negocio hoy cerrado y cuyas naves sirven para albergar provisionalmente el parque de bomberos de Lorca. Tras la marcha de la industria textil, las viejas instalaciones de la fábrica de la luz fueron ocupadas por la Concejalía de Empleo y la escuela taller, siendo derribadas en el año 2.013. Con su demolición perdimos una vez más parte de nuestro patrimonio arquitectónico, en este caso industrial, cuando la propuesta que realizó I.U. en 2.011 era una muy buena idea, planteando que se le diese un uso museístico a esas centenarias naves, ubicando en ellas un museo de la industria local.

Foto Diario el Sol

Museo donde hoy podría estar esa máquina de vapor de principios del siglo, que incomprensiblemente sigue hoy abandonada en las inmediaciones del campus universitario lorquino. Como también es inexplicable que no se llegase a un buen acuerdo para que unos grandes almacenes se establecieran en ese lugar, con lo que ello hubiese supuesto de tirón para el comercio de la ciudad. Si que las pretensiones económicas de una y otra parte eran distantes, pero sabiendo el beneficio que nos podría traer se podrían haber acercado. Y más teniendo en cuenta que la parte vendedora estaba representada por el alcalde de la ciudad, el mismo que regaló a Paradores gran parte de la fortaleza lorquina, incluida la torre Alfonsina que luego nos devolvieron.

Hay que recordar que esos terrenos pertenecen a PONCEMAR, una organización sin ánimo de lucro que fundó en 1.972 Francisco Martínez Ponce, el rico lorquino que antes citaba, hijo de Juan Antonio y Blasa. Un hombre sin descendencia que quiso ser generoso con su pueblo, dejando a su fundación todos los negocios y bienes que había acumulado a lo largo de su vida, no solo en Lorca sino en otras regiones de nuestro país. Una fundación que está dirigida por un patronato integrado por cuatro destacados cargos de la ciudad, siendo estos el alcalde del municipio que actúa como presidente, el decano de los juzgados de Lorca que ejerce como secretario, el director de la entidad bancaria más antigua que actúa como vocal y el jefe de Servicio de Medicina Interna del hospital que lo hace también como vocal. Siendo los objetivos de esta fundación, atender, amparar, asistir y dar apoyo a las personas mayores carentes de recursos de nuestra ciudad.

Por todo ello deben de administrar bien su tesorería y patrimonio, pues de su buena gestión dependen los recursos disponibles para las personas mayores. Ya lo dejó bien atado el fundador, siendo cargos en vez de personas con nombre y apellido los regidores, además de contar con un representante de la judicatura entre los directivos del patronato. Pero pese a ello, también esta fundación debe de mirar por la propia ciudad a la que su promotor quiso beneficiar, pues del beneficio de la ciudad viene el de sus ciudadanos incluidos las personas mayores. Atrás ha quedado aquel viejo proyecto de edificación del solar, en el que iba un gran aparcamiento subterráneo de cinco plantas con capacidad para 1.300 vehículos y 150 viviendas, un proyecto que esperará tiempos mejores. Entre tanto, disfrutamos desde diciembre de 2013 de un magnifico aparcamiento de 250 plazas al aire libre.

Un aparcamiento que tiene como faro su vieja chimenea circular con base cuadrada, una chimenea construida hacia 1.914 y que es lo único que recuerda aquella fabrica de la luz. Si que podíamos tener ese museo de la industria, como también aquel gran aparcamiento de 1.300 plazas, o el pretendido gran almacén, pero no todo al mismo tiempo ni recuperar lo ya perdido. Esperemos que lo que allí se ubique en un futuro, traiga prosperidad para Lorca y para nuestros mayores, pues ellos son los destinatarios de parte de sus beneficios, ya que así lo quiso Francisco Martínez Ponce. Un lorquino solidario que donó todo para sus paisanos más necesitados, un lorquino que merece el homenaje de su pueblo por su buen hacer, porque tras transcurrir 45 años de aquel generoso gesto, todavía no hay calle alguna en nuestra ciudad que lleve su nombre.