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CAMINANDO POR LA PEÑARRUBIA ENTRE CUEVAS Y MINAS

Salimos a caminar al despertar el día, sabedores de que la mañana sería sombría con un cielo gris poblado de nubes y un ambiente ventoso.

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CAMINANDO POR LA PEÑARRUBIA ENTRE CUEVAS Y MINAS. Andrés Martínez Rodríguez.

Salimos a caminar al despertar el día, sabedores de que la mañana sería sombría con un cielo gris poblado de nubes y un ambiente ventoso. Pronto llegamos a la formación rocosa conocida como la “Piedra Raja” y que los eruditos locales denominaron “Doble menhir”, por su configuración parecida a las piedras hincadas de la Prehistoria que destacaban en el entorno, ya que los montes cercanos estaban vacíos de arbolado.

Seguimos por la senda “La Salvaje” y después de ascender por varias terrazas con pinos de los años de la repoblación, llegamos a una ladera artificial de color anaranjado formada por las tongadas de tierra y piedras
arrojadas desde la boca de la mina cercana que se abre en una pequeña plataforma. La entrada está abierta y deja ver una larga galería, no muy estrecha con los techos bajos y las paredes recortadas donde se aprecian pequeños nichos para depositar la lumbrera o el candil para iluminar a los mineros los angostos pasillos.

Recorremos la gran escombrera como si fuera una ladera y bajamos por un lateral a modo de gravera donde se aprecian rocas anaranjadas por el oxido de hierro. La senda continua entre pinos hasta llegar donde la ladera se empieza a orientar hacia occidente. La orografía se hace más abrupta y calva de pinos, con abundantes piedras rodadas, cárcavas abiertas por las lluvias y tupida de arbustos y espartizales, conforme subimos aparecen los espinosos cojines de monja y los romeros que son tan leñosos que no dejan olor alguna.

Tras ascender por la dificultosa ladera se abren a la vista gran número de oquedades, entre las que destaca una gran cueva cuya entrada esta sellada en parte por los derrumbes de la techumbre. Al entrar se aprecia que es espaciosa y se siente el tufo de los excrementos de cabra que pueblan el suelo, lo que delata que viene siendo utilizada como redil de ganado. Pensando sobre esto sentado en una gran piedra sobre la entrada, recuerdo las dos grandes hachas de bronce con anillas en el lateral que aparecieron en el siglo XIX por estas laderas de la solana y me imagino a sus portadores del final de la Edad del Bronce refugiándose en esta cueva un desapacible día de otoño de hace 4000 años. Levanto la mirada desde donde estoy sentado y observo un bello cielo azul y blanco enmarcado por el oscuro marco que configura el roquedo de la entrada.
Salimos de la cueva y nos encaramamos hacia la cima de la sierra ascendiendo por el paso de la “Pata de Cabra”, al llegar a la cumbre el viento nos llevaba y las nubes corrían deprisa por el cielo, tapando el sol que se deja ver blanco en su redondez cuando llegamos al vértice geodésico.
Bajamos cresteando hasta los pozos de ventilación de las minas de hierro y desde allí, cogemos deprisa la pista por que el tiempo apremiaba. Llegamos al recodo donde habíamos dejado el coche cuando parece que el viento ha calmado, pero pronto sentimos que solo ha sido un breve receso, vuelve con más intensidad y su silbido nos acompaña hasta llegar a la casa.

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