¿ES BELLA LA RUINA? por Andrés Martínez Rodríguez
La ruina puede considerarse bella, es parte de lo que fue y de lo que puede volver a ser. Hay muchas clases de ruina (personal, familiar, de una comunidad, de un Estado, de un monumento, de un castillo,…), casi siempre relacionamos esta palabra con los restos de edificios arruinados o destruidos por el abandono o falta de uso, que nos pueden parecer bellos o no, según nuestra impresión personal y la consideración estética heredada del siglo XIX con el romanticismo, donde el vestigio del pasado se convirtió en el símbolo de la transitoriedad, de la permanencia, de la caída y de la exaltación de los pueblos.
El paso del tiempo afecta a todos y a todo. Desde un bello palacio hasta cualquiera de nosotros, nos vemos afectados por el inexorable paso del tiempo. La creación artística se puede mantener con una adecuada conservación, o entrar en decadencia abocando a la ruina y la desaparición. Cuantos nobles edificios, esculturas, pinturas y libros, han desaparecido o se han ido convirtiendo en una ruina.
No hace falta mirar obras sobresalientes, como la Acrópolis de Atenas o el palacio de Diocleciano en Espalato, podemos echar un vistazo a nuestro entorno más cercano y nos encontramos con la cúpula de la iglesia de San Juan, con su perfil ondulado retando la gravedad y el azul celestial, o el arco apuntado de la iglesia de Santa María con la desnudez de sus dovelas que hasta hace poco miraban al cielo o un simple muro de adobe en proceso de derrumbe y poblado de buganvillas.
La contemplación y percepción de la belleza en la ruina monumental es subjetiva y puede quedar exclusivamente en su valor estético y patrimonial. La hermosura en la vejez de las personas ahí está, debemos mirarla y llevarla con toda dignidad. Antes o después a todos nos llegará.

