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CUANDO EN TERREROS HUBO UNA TORRE VIGÍA QUE DEPENDÍA DE LORCA.

Era un día de agosto del año 1585, cuando sobre el terrado de la torre de los Terreros Blancos se encontraba vigilante Sebastián, acababa de subir por la estrecha escalera de caracol y estaba sentado frente a la casilla donde estaba almacenada la pólvora.

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CUANDO EN TERREROS HUBO UNA TORRE VIGÍA QUE DEPENDÍA DE LORCA
Era un día de agosto del año 1585, cuando sobre el terrado de la torre de los Terreros Blancos se encontraba vigilante Sebastián, acababa de subir por la estrecha escalera de caracol y estaba sentado frente a la casilla donde estaba almacenada la pólvora. Miraba hacia la isla y recordaba el arcabuceo al que hacía unos días se había visto sometida la torre por los piratas berberiscos desde cinco galeotas. Esta acción fue previa al apresamiento de tres saetías francesas que se habían refugiado en la pequeña bahía cercana por la falta de viento, el objetivo de los piratas procedentes del norte de África era apropiarse de los sacos de pimienta, cochinilla, azúcar y arroz que llevaban en las bodegas los navíos franceses.
Una llamada del muchacho que estaba al pie de la torre le saco de sus pensamientos y le hizo mirar hacía abajo. A voz en grito le explicaba que se acababa de romper una de las jarras de acarreo para el agua y que parte de ella se había caído dentro del aljibe. Mateo, que era como se llamaba el otro vigilante de la torre, le muestra parte de la jarra e insiste en que había que comunicarlo a la autoridad, para que la repusieran, ya solo quedaban otras dos jarras. Sebastián hace un gesto de que se daba por enterado y levanta la mirada fijándose en la amplia franja de terrero tierra adentro inculta y despoblada, solo salpicada de arbustos, más de lo usual en esta época del año, ya que durante la pasada primavera había llovido bastante.
Para entretenerse durante las largas horas de vigilancia mirando al mar, había empezado a dibujar sobre la cal que recubre el muro del pretil del terrado, el perfil de la torre desde donde vigila. Con la punta de su cuchillo había gravado la planta hexagonal de la torre y al lado su alzado con un talud en la base, la puerta en la parte inferior y coronando el muro, una moldura con la que quería representar la guirnalda de canes que corona la torre creando un voladizo. Una vez que marca los sillares con los que están construidas las esquinas, mira el dibujo y queda satisfecho del grafito que ha realizado en la pared del terrado.
Tuvieron que pasar varios años para que la torre fuera arruinada por el cañoneo de un navío británico y parte de sus muros cayeran por las laderas del monte costero donde estaba levantado. Entre los derrumbes que cayeron por las acusadas pendientes del monte pudo quedar el fragmento de muro con el grafiti del torreón, o pudo caer hasta el fondo del mar de Honduras, que es como ahora se conoce esta porción del litoral.
La necesidad de control de la costa desde este punto elevado hizo que en 1764 fuera establecida una batería artillera. Actualmente esta fortificación puede ser visitada tras su restauración, estuvo muchos años abandonada tras la perdida de la funcionalidad con que fue levantada y muchos recordamos en nuestros años de la adolescencia y juventud subid al castillo a disfrutar de los restos abandonados y de las increíbles vistas que abarcan desde Cabo Cope hasta más allá de Mojácar.
Recomendable leer: GIL ALBARRACÍN, A., 2017: «Las defensas de la costa de Lorca en los siglos XVI y XVII», Alberca 15. Murcia, pp. 169-240.
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