LOS CESTOS DE CAÑA por Andrés Martínez Rodríguez
Estábamos jugando al “chinche monete”, cuando Rafa al coger carrerilla para subirse sobre las espaldas del otro grupo de niños que hacían de burro, chocó con el viejo Matías, tirándolo sobre la desvencijada bicicleta cargada de cestos de caña y mimbre. En ese momento, el padre de Rafa subía por la calle desde la oficina donde trabajaba y al ver a los dos en el suelo, se acercó rápidamente para ver lo que había ocurrido. Pronto se percata de que a su hijo no le había pasado nada, pero ve la herida del viejo que se había sentado sobre la acera, le sangraba uno de los codos. Después de una breve conversación, Carlos ayuda a Matías a levantarse y le ofrece subir a su casa para curarle la herida. El viejo rechaza subir, pero acepta un vaso de agua y que le limpien la herida, sentado junto a Rafa en el portón de la casa espera vigilando su cargamento de cestos de caña.
El día fijado había llegado y bajan los tres en bicicleta, Rafa va en el centro escoltado por Matías y su padre. Cuando llegan al lugar que el viejo indica, dejan las bicicletas apoyadas en un caballón y se acercan a las altas cañas de color verde grisáceo y azulado que se multiplican en la parte superior de los quijeros de la acequia del Ventarique, y que los vecinos habían dejado crecer desde siempre, con el fin de estabilizar los taludes de tierra que la conforman.
Esa tarde fue el principio de una buena amistad con el viejo Matías y de otras excursiones en bicicleta por la huerta lorquina. Han pasado muchos años y cuando Rafael, pasa caminando junto a las acequias y mira las cañas que aún crecen sobre el quijero, recuerda la primera vez que allí llego en bicicleta, acompañado por el viejo y por su padre, y sonríe recordando el estupendo sabor de la torta de Matilde y lo importante que fueron y son estas pequeñas cosas.

