OLOR A MARRANO (COSA PROHIBIDA) por Antonio de Cayetano.
En estos días se celebra un año más la SEPOR, la feria ganadera que ya va por su 50 edición, estando por este motivo más presente que nunca en todos los medios de comunicación. Medios donde políticos, organización y profesionales del sector, se congratulan de la trayectoria de esta muestra a lo largo de sus cincuenta años de vida, ya que aunque comenzó en 1.968 como I Semana Provincial del Cerdo, fue un año antes cuando inició su andadura, celebrándose una exposición agrícola-ganadera organizada por los veterinarios, ganaderos y comerciantes locales del sector. Feria que no contó con la presencia de ganado en vivo como se pretendía, debido a la epidemia de peste porcina africana. Una enfermedad de origen vírico, que había llegado a nuestro país al comienzo de aquella década y que estaba afectando gravemente a la cabaña porcina.
Durante todos estos años SEPOR ha servido para la modernización del sector porcino, seleccionando razas, previniendo enfermedades y desarrollando estrategias para mejorar su rendimiento. Se han realizado simposios y congresos y se han llevando a cabo jornadas monográficas sobre los diferentes temas que afectan al ganadero. Igualmente durante este tiempo se han convocado concursos, se han entregado distinciones y se han hecho homenajes a las personas que se han destacado en pro de la feria o del sector pecuario. También se ha conseguido mejorar en parte las condiciones de vida de los cerdos, su transporte al matadero y la forma de ejecutarlos, así como la recuperación del Chato Murciano, la raza que se perdió precisamente en la década en que la feria daba sus primeros pasos. Pero sin embargo, poco se ha hecho para solucionar el problema insostenible que causan las explotaciones porcinas en la huerta de Lorca, con la alteración de la calidad de vida de los lugares donde se asientan, al ser incompatibles las grandes granjas de hoy con las viviendas de uso residencial, un problema que ha ido creciendo al tiempo que lo ha hecho el sector.
Pero hoy es todo diferente, apenas existen explotaciones familiares, los pequeños cebaderos le han dado el relevo a las grandes granjas, a la industria intensiva, siendo ahora un problema el exceso de residuos que estas granjas generan, al haber más producción de purines que nuestros campos pueden absorber, aparte de haber una normativa medioambiental europea que restringe la cantidad de excrementos que se pueden verter a la tierra. Hoy las explotaciones porcinas son limpiadas con agua a presión, lo que sin duda mejora sus condiciones higiénicas, pero por otra parte hace que se licue el estiércol, convirtiéndolo ahora en purín, que no es otra cosa que los restos de alimentos, defecaciones, orines y agua, siendo el agua el 95% de su contenido y la causante de su mayor problemática y rechazo por los problemas que causan al medio ambiente, al contaminar el suelo, los acuíferos y el aire. Aire que se ve afectado por la emanación del dióxido de carbono y del metano, así como por los malos olores que causan los gases tóxicos como el amoniaco y el sulfhídrico que también desprenden están explotaciones porcinas.
La verdad es que el cerdo ha sido siempre un animal polémico, pues mientras en nuestra cultura nos gusta hasta sus andares, aprovechándose todo de él gastronómicamente hablando y siendo genéticamente lo más parecido a los humanos, razón por la cual están cada vez más cerca de ser una fuente inagotable para el trasplante de órganos, contribuyendo ya a la fabricación de válvulas cardiacas, insulina y medicamentos hormonales, aparte de ponerse de moda también como mascotas. Para los judíos y musulmanes es un animal completamente vedado, al que se le detecta y se le tiene repugnancia. Aunque sin un motivo justificado, solo por tradición y cultura, porque en el libro sagrado del Levítico se dice que solo se comerá carne de todo animal de casco partido y pezuña hundida y que rumia. Y claro, como el cerdo no es un animal rumiante, pues se le tiene por cosa prohibida, que es precisamente lo que significa “marrano”, el nombre por el que también se le conoce, un vocablo que proviene del árabe “muharram” o “moharrana”. Pero no solo a los cerdos se les llama marranos, igualmente a los judíos conversos que seguían practicando su religión en España se les llamó así, ya que también era cosa entonces prohibida.
Asimismo se prohibía que al circular por la calle los puercos, estos entrasen en viviendas, huertos o acequias y que en caso de hacerlo, se les multara con 300 maravedíes por puerco o que se les matase libremente, entregando entonces la mitad del animal para el hospital de los pobres o para la cárcel y la otra mitad para el que lo capturase. Como vemos, la cría del cerdo ya provocaba problemas siglos atrás, por lo que hubo que implantar unas normas de convivencia, normas que entonces si se cumplían, porque entre otros motivos, las penas que se imponían eran a tres partes, cobrando una parte el juez, otra el municipio y la otra el denunciante, estando así cualquiera de las partes motivada para denunciar y hacerlas cumplir. Hoy se legisla mucho, se hacen muchas leyes y normas, pero poco se controla que estas se cumplan. Como tampoco nuestros dirigentes se interesan demasiado en solucionar los asuntos que preocupan a la ciudadanía, siendo por otra parte muy permisivos con el sector porcino que hoy nos ocupa.
Y es que el pez gordo siempre se ha comido al chico, el poder y la influencia de los grandes sigue existiendo y más en un sector en el cada vez hay menos granjas pero más cerdos, lo que significa que estamos ante un mercado copado por los cuatro grandes, por las industrias cárnicas y los fabricantes de piensos que son los dueños y señores de las explotaciones porcinas. Cada vez hay menos granjas familiares, hoy el mercado está en manos de grandes empresas con macro explotaciones de miles de cabezas de ganado, bien en propiedad o por el sistema de integración. Un método por el que el ganadero aporta la granja, la mano de obra y la gestión de residuos, mientras que el industrial se encarga de la alimentación, la parte sanitaria y el trasporte de los cerdos. Pero como en todos los acuerdos, siempre hay una parte débil, siendo aquí la cuerda floja el ganadero, que es a quien le toca la gestión de los residuos que se producen. Unas defecaciones que se cuantifican entre cuatro y siete litros de purín por cerdo, lo que supone que una granja de 5.000 animales produce tantos residuos fecales como una ciudad de 50.000 habitantes. Residuos que en muchos casos no son tratados como corresponde y son esparcidos en balsas ilegales con la consiguiente contaminación.
Pero un problema que terminó por solucionarse, como solución también tiene los purines en la actualidad. Es cosa de proponérselo, de invertir en ello, de implicar a las grandes empresas del sector cárnico, unas empresas que tienen unos excelentes resultados y a las que se debería de obligar a la sostenibilidad ambiental, que no caiga todo sobre el más débil como antes decía, pues son costes que difícilmente puede asumir el ganadero. En Europa son miles las plantas de biogás que están en marcha alimentadas por purines, un proceso de cogeneración que también se podría imponer aquí, siendo según los expertos, la solución más idónea para la eliminación de los purines. Pero para ello hay que legislar más sobre el tema, endureciendo las leyes medioambientales y exigiendo que estas se cumplan. Lo que no puede ser, es que España se convierta en el país de la Unión Europea con mayor censo porcino, mientras disminuye en Alemania, Dinamarca u Holanda, donde la legislación es más exigente, trasladándose ahora muchas de sus explotaciones a nuestro país. Como tampoco puede ser, que en nuestro municipio se pueda abrir una granja porcina, una balsa de purines o un depósito de cadáveres de ganado, a solo cinco metros de la finca colindante.
Otros ayuntamientos limítrofes al nuestro sí que están haciendo los deberes, buscando la calidad de vida de sus conciudadanos, como es el caso de Caravaca de la Cruz, que en 2.013 aprobó una ordenanza reguladora de las actividades pecuarias en la que situaba las explotaciones porcinas a más de 5.000 metros del núcleo urbano de la ciudad y a más de 2.000 metros del suelo urbano de las pedanías, siendo de 1.000 metros la distancia establecida a viviendas aisladas, establecimientos hosteleros o cualquier otro inmueble dado de alta en el IBI. También el ayuntamiento de Mula con el fin de compatibilizar el uso ganadero y el residencial, modificó su plan general el pasado año, exigiendo una distancia mínima de 500 metros entre cualquier explotación ganadera sea del tipo que sea y una vivienda unifamiliar aislada, la mitad de distancia de lo aprobado por el consistorio caravaqueño, pero 33 veces más de lo que se quiere imponer en nuestro municipio.
Pero nuestro término municipal es muy grande, con grandes extensiones improductivas, por lo que quizá se podría ir pensando en localizar en ellas polígonos ganaderos, estudiando los vientos dominantes para que no afecten a núcleos de población y dotándolos de todo tipo de servicios, al igual que se hace con los polígonos industriales. Quizá que así, alejándolos de los lugares poblados la incidencia de esta actividad seria menor y al mismo tiempo más eficaz la gestión de sus residuos, al poder concentrarse todo en el mismo lugar, pudiendo incluso formar parte de un mismo ciclo con el consiguiente ahorro de agua, energía y transporte.

