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LOS ALMENDROS DE LA RIBERA TAMBIÉN FLORECIAN EN LA EDAD MEDIA

Estaba encendiendo el brasero cuando la trenza se le vino hacia delante y pudo apreciar como la blancura poblaba su hermosa cabellera al incidir sobre ella los rayos del crepúsculo.

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LOS ALMENDROS DE LA RIBERA TAMBIÉN FLORECIAN EN LA EDAD MEDIA

Era una tarde de invierno y empezaba a bajar la temperatura con la llegada de los vientos procedentes de las montañas vecinas de más allá de los Vélez.

Pensaba en que tenía que darse prisa en poner el brasero en la alcoba principal para quitar el helor que se había instalado hacía días, cuando ve acercarse a Jacinta con la jarra apoyada en la cadera, que se para junto a ella y le dice, “me acompañas a la puerta de la Fuente del Oro, dicen que el camino que baja al rio esta cubierto de pétalos de almendro”, “¡y como es eso!” pregunta Soledad, “el fuerte viento de esta noche ha azotado los árboles y los ha despoblado de sus flores que han ido a parar sobre la muralla y ha alfombrado el camino”, contesta Jacinta. “Espérame junto a la fuente que voy a entrar el brasero”, le replica Soledad.

Cuando esta se acerca a la fuente, ve como Jacinta y otras mujeres vuelven por el empinado callejón. Al aproximarse observa que traen ramas de almendro floridas. “¿De donde habéis sacado esos ramos?”, les pregunta. La más jovencita del grupo le contesta, “de los huertos cercanos a la puerta, el viento los había tronchado”.

Entonces dirigiéndose a Jacinta le comenta, “me ha dicho Antonio que me acerque al huerto que tenemos en la ribera para comprobar que ha pasado con los almendros y con los naranjos que allí tenemos, ¿me acompañas?”. “Espérame junto a la puerta mientras acarreo la jarra al patio de la casa de esta amiga”.

Una vez que se han reunido, salen por la acodada puerta y toman el camino colmado de blancos pétalos que discurre paralelo a la acequia de Alcalá, pasan junto al azud de la Fuente del Oro y el gran molino harinero. Cuando llevan casi media hora andando, se desvían por un sendero que les lleva a un hermoso huerto con bancales escalonados. Junto a los caballones se encuentran los almendros que aunque la tierra blanquea a sus pies, todavía conservan floridas sus ramas. Mirándolos Soledad le dice contrariada a su vecina, “la próxima cosecha de almendras no será muy buena”, a lo que Jacinta replica “tocará hacer menos alfajores y turrones”.

La noche se ha echado encima, tienen que darse prisa en volver antes de que se haga más tarde y la puerta de la ciudad sea cerrada. Acompañadas por los ladridos de los perros de los huertos vecinos y por el rumor del agua que baja por la acequia, llegan al camino principal y allí les reconforta ver como algunos agricultores también se dirigen hacia la ciudad, teniendo como referente el castillo encumbrado y las torres de su muralla que se recortan por encima de las copas de los árboles floridos.

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