Desciende el trono y se hace el esperado silencio para liberar el palio del arco lo suficiente y cuando se alza, todo es ya un clamor de querencia a la Virgen guapa que mira el cielo. Voces que no cesan a lo largo de la denominada carrera secundaria y allí los que acompañamos a la Santísima Virgen de la Amargura podemos sentir las hondas voces, las suplicantes miradas, los ruegos inseparables de las lágrimas que nacen sin aviso y los besos lanzados en forma de claveles que vuelan hasta posarse en la tupida alfombra que se extiende a los pies de la bellísima imagen.
Es el tramo de la procesión donde la devoción se vuelve íntima, donde cada gesto aviva la emoción de los que allí nos encontramos. El contraste es inmenso cuando la Virgen de la Amargura se adentra en la recta avenida, y uno se siente sumergido en la más sublime de las operas, interpretada por un pueblo entero que late al unísono. Después de un año de espera se repite la armonía de un celestial paseo, el cadencioso caminar de los portapasos, el ondulante vaivén del palio, la mirada detenida sobre los maravillosos y centenarios bordados, el color blanco matizado por el rosado de los claveles y la música, que se eleva entre vítores y aplausos como un suspiro compartido.
Entonces, la lluvia de pétalos cae incesante, cubriendo el trono que resplandece bajo la serena belleza de la Virgen de la Amargura. Su rostro refleja el dolor más puro: la Amargura nacida del amor, la herida abierta por la pasión y muerte de su Hijo. Son seis lagrimas calladas y cristalinas, que se deslizan por su hermosísimo rostro como si el tiempo mismo se detuviera en ellas. Sus manos implorantes, su mirada que se alza al cielo, arrastran el corazón sin remedio, y uno queda prendido en esta escena que se va repitiendo por la carrera, donde todo es emoción, colorido y música, donde la blanca mirada de la Amargura se convierte en guía y consuelo.
Cuando la carrera se acerca a su fin, cuando la lluvia de pétalos se vuelve más leve, un pequeño pétalo blanco, movido por el aire tenue que se ha levantado, se posa sobre el manto de la Virgen. Luego se alza, vacila en el aire, y desciende lentamente, como si buscara su destino. Lo sigo con la mirada; parece detener el tiempo. Y antes de que caiga al suelo, lo sujeto con mi mano enguantada.
Allí queda, entre mis dedos, leve y silencioso, como un suspiro detenido. Y en ese instante comprendo que no es un simple pétalo, sino la más delicada expresión del amor eterno: el eco de una plegaría, la caricia invisible de todos los Blancos, la ternura infinita de una Madre que, alzando su amarga mirada al cielo, sigue implorando –con infinita dulzura- por todos nosotros y por que el dolor del mundo encuentre, al fin, consuelo.
Y es el reflejo de todo el Paso Blanco, de quién la alzan con devoción callada, de quienes la acompañan, la nombran y la sueñan. De quienes, año tras año, la visten de amor. Porque en cada pétalo que cae, en cada paso que avanza, en cada latido compartido, estamos los Blancos, una gran familia, que la quieren sin medida y hacen de su Amargura la más hermosa forma de esperanza.
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