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CAMINANDO POR LA RAMBLA DEL CAMBRÓN ACOMPAÑADOS DE UNA FINA Y TENUE LLUVIA

Con el cielo muy cubierto y una gran humedad en el ambiente iniciamos la subida por la rambla del Cambrón.

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CAMINANDO POR LA RAMBLA DEL CAMBRÓN ACOMPAÑADOS DE UNA FINA Y TENUE LLUVIA. Andrés Martínez Rodríguez.

Con el cielo muy cubierto y una gran humedad en el ambiente iniciamos la subida por la rambla del Cambrón. El suelo está blando y recibe nuestras pisadas hundiéndose alternativamente en la tierra y en el barro. Lo primero que nos ha llamado la atención son las mojadas hojas de unas prosperas chumberas, de aquellas que poblaron las laderas del castillo lorquino y que se perdieron hace ya varios años por una maligna plaga.

El roce con los arbustos y las adelfas (baladres) va mojando nuestras deportivas vestiduras, mientras que los retorcidos troncos de los pinos que crecen en el cauce aún permanecen secos, al igual que sus raíces que se asemejan a desgreñadas cabelleras que quedaron al descubierto por alguna violenta crecida. Hay que ponerse la gorra para evitar que se nos moje el pelo y para que los que usamos gafas podamos andar con más facilidad. 

El cauce de tierra deja paso a las grandes y alisadas rocas sobre las que se debe caminar con mucha precaución y que deparan algún que otro resbalón. Se aprecian los perfiles de algunos fósiles incrustados en las lavadas rocas, así como cristalizados estratos de yesos entre las gredas y los musgos muy verdes. Más adelante la rambla se va estrechando y poblando de zarzales y baladres, dejando horadadas cavidades de donde cuelgan lo que parecen pequeños helechos trepadores.

Hay que escalar por algunos rocosos desniveles que se hacen más dificultosos por que están mojados, hay que evitar las pozas con agua y subir a las márgenes de la rambla pobladas de pinos que desprenden un profundo y reconfortante aroma. 

En varias ocasiones nos hemos parado para intentar contemplar el entorno, harto difícil por que la boria que habita en el ambiente no deja ver más allá. En algunas zonas se aprecian las rocas caídas desde las altas paredes de arenisca, posiblemente por el terremoto que hace casi 10 años padecimos.

Tras más de seis kilómetros de caminar por la rambla, la dejamos para subir hacia el Cejo de los Enamorados pasando por una ladera llena de espartizales, romeros y otros aromáticos arbustos, para luego pasar bajo un hermoso tramo de altos pinos hacia la fuente del Cejo, donde hacemos un receso para almorzar. 

La vuelta la hemos realizado bajando junto a la rambla de la Quinquilla, para luego desviarnos en dirección hacia la rambla del Cambrón. Antes de llegar a esta, hemos tomado hacia el norte bajando por una senda en cuyas inmediaciones se aprecian abundantes fragmentos de tubos de cerámica vidriada que debieron formar parte de los atanores de un antiguo acueducto. También observamos entre las ramas de las plantas las mojadas telas de araña en cuyos hilos han quedado inmovilizadas las gotas de lluvia que se reflejan como luminosas cuentas de collar.

Pasamos sobre la acequia de Alcalá para encaminarnos hacia la rambla del Cambrón, no sin antes detenernos delante del bonito mural de losas esmaltadas donde mi querida amiga Rosalía Sala, quiso dedicar un recuerdo a la memoria de D. Antonio Robles Vives, consejero de Carlos III y que entre otras cosas, dio nombre a esta pedanía de Lorca.

Terminamos de caminar bajo la lluvia fina y ligera que nos ha acompañado toda la ruta y llegamos calados y con las botas muy pesadas por el barro acumulado en las suelas, pero muy contentos de haber disfrutado de la hermosa rambla del Cambrón en un día especial y atípico por estos lares.

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