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LA PIEDRA DE RAYO DE MURVIEDRO por Andrés Martínez Rodríguez.

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LA PIEDRA DE RAYO DE MURVIEDRO por Andrés Martínez Rodríguez.

Fernando subía a menudo desde su casa en el barrio de San Pedro hasta la pequeña loma sobre el barranco de los Albaricos, donde se alzaba un viejo lienzo de muralla conocido popularmente como El Paredón. Desde allí miraba las viejas canteras de Murviedro, donde su padre trabajaba de sol a sol como capataz de los picapedreros que extraían la piedra que se utilizaba en los zócalos de los nuevos edificios que se construían en la ciudad y su entorno, así como en escaleras y aceras de los calles. Casi siempre llevaba en el bolsillo la piedra de rayo que un día su padre encontró bajando de la cantera, le gustaba su color oscuro y su lisura. Esa tarde mientras se entretenía mirando a los cuervos que volaban sobre los cerros vecinos, observó como se acercaban a las inmediaciones de las canteras dos carruajes del que se bajaron varias personas, iban bien trajeadas, con sombreros y alguno con bastón. Se sintió atraído, y aunque su padre le tenía prohibido acercarse a la cantera, cogió la estrecha senda que iba paralela a la muralla del Castillo y tras llegar a Los Pilones se puso a trepar monte a través para acercarse a la cantera desde la cima del cerro, cuando estaba llegando un hombre lo vio y le obligo a volverse.

Al atardecer, cuando se padre después de asearse y entretenerse un rato con la cucala parlanchina que tenían junto a la puerta, entró en la casa y se sentó junto a la lumbre, lo llamó y le preguntó, “¿qué hacías esta tarde cerca de la cantera?”. “He visto a unos señores bien vestidos y he sentido curiosidad de verlos de cerca. Padre, ¿por que han subido?”. “Ven hijo, siéntate a mi lado y te lo cuento. Hace unos días cuando los obreros picaban en un frente de la cantera, se derrumbaron una grandes piedras y cayeron junto a ellas algunas calaveras, cuando nos acercamos vimos entre los grandes pedruscos muchos huesos, cacharros de barro y piedras de rayo como la que te di hace unos meses. Ante lo ocurrido, cambié a los picapedreros de zona en la cantera y les dije que no contaran nada al resto de canteros. A la hora de comer bajé a comunicárselo al patrón y por la tarde este subió con la Guardia Civil y se llevaron las calaveras y las otras cosas que aparecieron. Esta mañana me he sorprendido cuando ha llegado el patrón con unos señores de Murcia, acompañados de los guardias civiles, el Alcalde, el cura de San Patricio y D. Miguel, el señorito de tu madre”. “¿Y porque iba con ellos D. Miguel?”. “No lo se, lo habrán llamado por que es médico y además debe ser un entendido, tu madre nos ha contado varias veces que tiene toda la casa llena de piedras y cosas antiguas, que no quiere que nadie toque”.

Esa noche Fernando se durmió, pensando en las cosas que le había contado su padre y con su piedra de rayo debajo de la almohada. A la mañana siguiente su madre le dijo que cuando saliera de la Graduada, nombre que le daban a su escuela, fuera a casa de D. Miguel para ayudarle a colgar los embutidos de la matanza en la falsa. Así lo hizo y cuando subía por la escalera cargado con la primera banasta llena de sobrasadas, vio a través de la puerta entreabierta a varios señores sentados y sobre la mesa del despacho de D. Miguel, una calavera y varios objetos entre los que distinguió una brillante piedra de rayo. Cuando terminó de ayudar a subir los embutidos, se acurrucó detrás de la puerta para escuchar lo que hablaban los señores reunidos. De repente la hoja de la puerta cedió y quedó arrodillado delante de todos, muerto de vergüenza y con la cara más colorada que un tomate, se disculpó y salió corriendo por las escaleras a toda prisa, sin darse cuenta que había dejado junto a la puerta su pulida piedra de rayo. Cuando se había tranquilizado y estaba sentado en el portón de la casa esperando a su madre, se tiene que levantar para que salgan los señores barbudos que estaban reunidos con D. Miguel y se acuerda de que ha olvidado su piedra de rayo, en ese momento, sale su madre y le dice, “Fernando hijo, que has hecho, sube rápido que D. Miguel quiere hablar contigo”.

Cabizbajo se presenta delante de D. Miguel y oye que le dice: “Fernando, esto es tuyo”, levanta la cabeza y ve su piedra. “Si, la piedra de rayo es mía, me la regaló mi padre y la había dejado olvidada allí”, señalando la puerta del despacho. “Ven, siéntate que quiero contarte una historia. Hace muchísimos años, más de 4.000, en Lorca vivieron gentes que no sabían escribir y por lo tanto no sabemos mucho de ellos, no tenemos libros donde ellos nos cuenten como vivían, que comían, a que dioses rezaban o donde guardaban sus ganados. A veces se descubren cosas que estudiamos para ver si podemos conocer las costumbres de la vida y la muerte de esas gentes. Eso es lo que ocurrió hace dos días en la cantera, aparecieron los restos de una tumba construida con grandes losas de piedra donde fueron enterradas varias personas que se murieron hace muchos años y sus familiares dejaron sus cuerpos en la tumba junto a varios objetos como estos que hay sobre la mesa, si quieres puedes acércate para mirarlos de cerca”. Fernando, sin comprender bien lo que acababa de oír, se acerca a la mesa y ve entre varias piedras pequeñas y cacharros de cerámica, algunas piedras de rayo parecidas a la suya. Se queda mirándolas y entonces D. Miguel, coge una y le dice, “esto es un hacha de piedra que emplearon para realizar algunos trabajos y para defenderse”. Un hacha repite Fernando sorprendido, “si es un hacha y estos son cuchillos de sílex, allí están las puntas de flecha, también de sílex, que ponían en la punta de un vástago y disparaban con arcos para cazar y estas pequeñas caracolas las colgaban de hilos para hacerse collares”. Entonces el chico, mira hacía la calavera y dice, “entonces esta cabeza es del dueño de todas estas cosas”. “Lo has entendido perfectamente, posiblemente la calavera sea del dueño de los objetos. Toma tu hacha pulimentada y los días que tu padre te deje, vienes y te seguiré contando cosas de nuestros antepasados”. Y así fue como poco a poco, con las explicaciones de D. Miguel, fue entendiendo el pasado de las gentes que habitaron en Lorca durante la Prehistoria.

Tuvieron que pasar muchos años para que una vez inaugurado el Museo Arqueológico de Lorca, se acercara a este centro para pedir una entrevista con el director y entregarle su querida piedra de rayo que paso a ser expuesta en una vitrina. Muchas tardes le gustaba ir al Museo y mirar su piedra de rayo, que aunque se mostraba junto a otras muy parecidas, él siempre la veía de forma diferente, era la piedra de rayo que le había dado su padre y sabía que había sido puesta en una tumba del cerro de Murviedro junto al cadáver de una persona que vivió y murió en Lorca hace mucho, mucho tiempo.

Otros días hacía de guía de grupos de niños que visitaban el Museo y cuando el silencio q tanto le gustaba y reinaba en las salas, era roto por los niños que esperaba, se preparaba para enseñar el pasado de su querida Lorca y siempre empezaba contando la historia de la piedra de rayo, que se convirtió tras las explicaciones de D. Miguel en una interesante hacha de piedra pulimentada usada por un lorquino hacía más de 4000 años.